Somos todos Aprendices, pero no sólo Aprendices
Es
verdad, somos, sí, todos aprendices, pero nadie es sólo aprendiz, pues todos
siempre tenemos algo que enseñar, aunque nuestra ignorancia nos haga sentir
pequeños e insignificantes ante el universo.
No importa cuántas veces hayamos venido ya a este lado de la vida, o cuántas
aún tengamos que venir. Importa que en cada una de ellas éramos y siempre
seremos aprendices, y, por tanto, en todas aprendimos y continuaremos
aprendiendo. Y si en todas aprendemos algo, en esta y en las siguientes ya
estaremos también en condiciones de enseñar, mientras continuamos aprendiendo,
incansables y curiosos en cuanto a aquello que todavía no sabemos.
La búsqueda nunca cesa, porque cada nuevo aprendizaje lleva siempre a una nueva
duda, a un nuevo cuestionamiento, a una nueva curiosidad, a millones de otras
posibilidades.
Aprendemos incluso cuando nos equivocamos e igualmente cuando creemos que nada
hemos aprendido, porque relajar y estar en silencio también es un aprendizaje.
Es, quizá, el más difícil, porque nos pone en contacto directo con nosotros
mismos, con nuestra intimidad, con nuestra estructura interna, que nunca se
pierde, pese a estar siempre transformándose, conforme aprendemos.
Todo lo que nos llega, llega para componer, para complementar, aunque a primera
vista no nos parezca formar un sentido. Todo conocimiento que penetra en
nuestra conciencia nos modifica de alguna forma, y después de él ya no somos
los mismos, ya hemos cambiado, ya hemos aprendido algo nuevo sobre la vida y
sobre nosotros mismos. Y si aprendimos, estamos listos para enseñar y somos
llamados por la vida a esta responsabilidad, aunque no queramos entregarnos a
ella.
Leer, estudiar, investigar, buscar, cuestionar, preguntar, observar, son mucho
más que acciones: son actitudes del alma, de aquella alma que quiere aprender
para aprender, y aprender para crecer. Pero no aquel crecimiento mezquino, que
sólo habla de sí mismo, para dominar, controlar y someter. Sino el crecimiento
mayor y más sublime, que nos libera y habla de la humanidad como un todo, un
organismo vivo, compuesto por millones de seres humanos, todos aprendiendo en
el mismo proceso, todos experimentando el mismo aprendizaje dinámico y
visceral, que no deja idea sobre idea, concepto sobre concepto, convención
sobre convención. El crecimiento que se siente, pero no se ve. El crecimiento
que se intuye, pero no se mide, ni se registra.
Aprender es, sí, un proceso profundo y complejo, en el cual dolor y éxtasis se
entremezclan. Un proceso de intercambio y transformación, de destrucción y
reconstrucción, de muerte y renacimiento; en que se da y se recibe, porque está
basado en estímulos e informaciones, prácticas y teorías, en sentimientos y
pensamientos.
Para aprender es preciso, sí, estar listo a recibir, pero también estar
dispuesto a dar. Hay que estar abierto a la enseñanza nueva, que llega
aportando nuevas reflexiones, y abierto asimismo para que la enseñanza antigua
pueda salir, llevando sus noticias a quienes todavía no las han oído.
Aprender y enseñar forman parte del mismo proceso. Aquel que verdaderamente
enseña, sabes que también aprendes mientras habla sobre lo que conoces. No
importa cuántas veces repita la misma lección, ésta nunca será la misma, nunca
será igual. Siempre se renovará con base en el contenido de aquel que aprende,
porque quien aprende enseña con su modo de aprender. Y aquel que enseña,
sabiendo esto, se mantiene humilde ante aquel a quien enseña, pues
inconscientemente sabe que él también está hay igualmente para enseñar.
Y aquel que busca el verdadero aprendizaje, el aprendizaje del alma, aunque se
transforme todo el tiempo durante el proceso, lo hace de forma consciente,
acompañando cada etapa, cada cambio, tratando de comprender cada nuevo
despertar de su alma. Y no se entrega inerte, no entrega su corazón, ni su
alma, no se permite, deslumbrarse o fantasear sobre lo que está aprendiendo. Se
mantiene alerta, presente, lúcido y lo hace en la seguridad de que es eso lo
que se espera de él. Aquel que está aprendiendo sabe que es responsable por lo
que aprende, tanto como aquel que enseña lo es, por lo que transmite a otros.
Somos todos aprendices de nosotros mismos. Y, al mismo tiempo, somos todos
maestros de nosotros mismos. Aprendemos con aquello que experimentamos en
nuestras entrañas, con aquello que duele y se retuerce y nos obliga a avanzar
en busca de más. Y enseñarnos, a nosotros mismos los caminos y extravíos de
nuestras propias búsquedas, de nuestros propios errores, de nuestras propias
conquistas y derrotas. Sólo nosotros sabemos cuánto nos ha costado cada paso,
cada cuestionamiento, cada conflicto. Y sólo nosotros sabemos cuánto nos vale
cada respuesta alcanzada con cada uno de ellos.
La búsqueda no termina, puesto que es la propia vida. En la búsqueda está
nuestro propio objetivo, pues somos todos aprendices. Y maestros. Maestros de
eternos aprendices que somos, de nosotros mismos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario