Hay
momentos en que la vida se pone "patas arriba" y rompe nuestros
esquemas, hasta entonces confortables y seguros. Y solemos preguntarnos ¿por
qué a mí, ahora? o ¿qué he hecho yo para merecer esto? Aludiendo a esa falsa
culpabilidad aprendida y adoctrinada por lo que todo pasa por alguna razón,
aunque a veces esta permanezca escondida en nuestra mente limitada y a ratos
confusa.
Seguramente deberíamos aprender a preguntarnos él para que, más que ese porqué
que nos paraliza y nos hace sentir mal. El para qué invita a buscarle su
sentido ese momento o situación, para luego actuar en consecuencia. El porqué,
en cambio, apela a esos fantasmas del pasado que todos tenemos y que reinciden
de vez en cuando, recordándonos que tal vez no hicimos las cosas como
deberíamos o en algo nos hemos equivocado. Y ni que decir tiene que nos da
miedo el fracaso, aceptar nuestras equivocaciones.
Pero la
vida no está hecha de aciertos y errores, como parece habernos enseñado desde
niños. Sino de aprendizaje ante las diferentes oportunidades que aparecen en la
vida. Cada nueva circunstancia que llega a nuestra vida ahora (recuerda que
presente en inglés quiere también decir regalo), por imprevista que desea,
tiene la misión de poner a prueba nuestra firmeza para hacer nosotros mismos y
para evitarnos a ejercer ese don humano que es la libertad. Son dos cualidades
exclusivamente humanas, que ningún otro ser vivo posee ni contempla. Ningún
pájaro o árbol se pregunta porque llueve, que ha hecho mal para que llueva o
como le afecta la lluvia que cae.
El ser
humano, en cambio, tiene el enorme privilegio de ser consciente de lo que
ocurre a su alrededor y de incluso decidir qué hace con ello, como le afecta o
no. Es su libertad la que le invita a aprovechar o desaprovechar en favor de sí
mismo lo que aparece en su día a día. Eso es lo que nos hace libres y
responsables de lo que hacemos en nuestra vida. Pero no hay que confundir la
responsabilidad con la culpabilidad. No llueve porque hemos actuado bien o mal,
sino porque la lluvia forma parte de la climatología del lugar en el que
vivimos y, además, tiene su propio sentido y su devenir en el mundo que nos
rodea.
Aprovechar la o no, es
nuestra decisión y responsabilidad, nunca un castigo.
Recuerdo que de niño me ponía
de mal humor el mal tiempo, especialmente cuando llovía y debía ir a la
escuela. Ahora pienso que, al parecer, algo o alguien me debió enseñar que
merecíamos un fantástico y soleado día, cada día. Tal vez nadie me enseñó a ver
la lluvia como algo normal y necesario, que forma parte del clima, como el sol,
la nieve, los chubascos o cualquier otro fenómeno atmosférico que existe, según
la latitud terrestre en que vivamos.
Lo sé ahora, era una visión
sesgada de la realidad que me rodeaba, a partir de la cual fabricaba mi lista
de deseos y aspiraciones personales. Que haga sol se convertía en mi mejor
deseo de cada día. Seguramente me hubiera bastado viajar al Polo Norte o la
África desértica para cambiar mi opinión y aprender a desear la lluvia. Así es
la vida y la miope visión que a veces tenemos los seres humanos de ella.
Y aprendemos a vivir así,
desde la miopía y una vida media, sesgada, en la que sólo deseamos lo que
torpemente consideramos bueno para nosotros, en un momento dado. Pero, con la
edad, uno aprende a relativizar lo bueno y lo malo, porque las más de las veces
basta que pase el tiempo o las circunstancias cambien para modificar nuestra
percepción de las cosas. Lo que un día apareció simplemente malo, con el paso
del tiempo lo entendimos como positivo y muy bueno. Deberíamos aprender a no
juzgar las cosas que nos pasan, dejando que la propia vida nos enseñe su
verdadero sentido. Quizás esta sea la mejor, o única, manera de vivir lo que la
vida nos trae, sin miedo y buscando siempre su "para que", que invita
a vivirlo de otra manera, sin escaparse de ello o intentar evitarlo a toda
costa.
Nos han enseñado a huir de lo
que no nos gusta o no altera la vida, cuando posiblemente sea la única manera
de aprender a ser y a vivir lo que realmente somos y soñamos. Es difícil soñar
en el océano, sin atreverse a salir de nuestra confortable y pequeña pecera.
Cualquier cosa que llega a nuestra vida tiene su propia misión y sentido,
aunque tal vez no lo sepamos ver en un primer momento. Basta confiar en que si
sucede algo es siempre por algo. Y seguramente ese misterioso algo tenga que
ver con nuestra vida plena y, porque no, con esa felicidad que todos soñamos.
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